“Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito”.

—La muerte en Venecia, Thomas Mann.

viernes, 23 de enero de 2015

La niña 2446

"Ellos dicen que debemos someternos y y ser uno con la Máquina.
                             (...)
¡Aplasta la Máquina de Control!
Trabaja, compra, consume, ¡MUERE!
¡Aplasta la Máquina de Control!
Pequeños esclavos felices por el salario mínimo.
                              (...)
Así vivimos nuestras vidas digitales en múltiples pantallas y nos olvidamos de que la sangre de los trabajadores engrasa las máquinas.
                               (...)
Nos hemos convertido en una nación de lobos gobernada por ovejas, propiedad de cerdos, sobrealimentados y puestos a dormir.
(...)
La explotación es contagiosa."
—Otep Shamaya en Smash the Control Machine.

La niña hinchada
está debajo
de las pestañas
y quiere
dormir,
se abre
muros de opio
en el cerebro.

Una migraña estúpida,
lleva
un def con uno
en el cuerpo,
y puede que sea
ella.

Un hilo de hueso,
un hilo de hueso.

La niña tuvo derechos
antes,
mucho antes,
pero eso fue
antes
de alistarse,
ahora,
no.

Ahora es
2446,
tiene que proteger
su número,
hay que darle palabras
breves,
cada vez más
breves
hay que hacerle
recortes.

Porque aquí
los bonsáis son descuartizados
porque son muy
pequeños
son muy
verdes
y son comida
apta
para ratas.

La niña agujereada
planea matar
a la abeja
reina,
pero dice:
tengo
suerte,
tengo
número,
y no es
tan malo,
dice,

no sería tan malo 
de no ser por tanta
abeja,
tanta abeja con su aguijón
bien alto,
de no ser por la serpiente
furiosa
que llevan por cabeza.

Y dice tengo
suerte,
dice,
tengo un cuello
acordeónico
y
me podan el bonsái
por las rodillas,
dice:
suerte.

La vida es un número:
soy la niña 2446.
La vida es un número:
soy la niña 2446.



***

Busco el nombre del autor de la fotografía que da inicio a esta entrada, por favor, si lo sabe, hágamelo saber a: aiyumi1986@gmail.com. GRACIAS.

sábado, 17 de enero de 2015

Un café y una manzana

Limelight, 1983. Foto de Ken Schles, fiesta en Nueva York,1983

"Y todo lo que la memoria más quiere
una vez fue nuestra única esperanza de ser,
y todo lo que la esperanza adoró y perdió
ya se ha convertido en memoria.
(...)
no podemos ser lo que recordamos,
ni nos atrevemos a pensar en lo que somos."
—Versos 5,6,7,8,11 y 12 de Estrofas para ponerle música (una de ellas). 
Lord Byron, Domestic pieces, 1816.

El bocado de apariencia eterna
que llamaron juventud
aún guarda un boceto tuyo
en su memoria.
Y pregunto, ¿hasta cuándo?
¿Dirás tú, algún día,
hasta aquí fui joven?
¿Sentarás tu cuerpo
ya domado en una nana
y cederás, por fin, a descansar?
¿Escucharás tú, niña enmohecida,
la confesión de tus manos?

Dime si acabará, tal vez,
la debilidad en tus piernas,
el mareante espejo.
Si regresará la sangre
por tu cara y por tu vientre.
Si volverás a ser mujer
antes de atravesarte
las clavículas, las caderas,
aún pensando:
tampoco ahora es suficiente.

Te pregunto a ti, desfasada larva,
¿Cuántos pelos más han de caer,
piel secarse, para aniquilar la raíz,
la extrema meta de tu mente?
¿Hasta cuándo arrastrarás
la idea yerma de la culpa?
¿Alimentarás, quizás ,
el restringido campo,
tus barbechos,
sin excavar después
la tierra misma con tus dedos?

Dime cuándo mirarás
la erosión en tus nudillos
y gritarás hueso infértil,
si desecharás de tu centro
el fatigado ingenio de esconderte,
lo cambiarás por la derrota
de tus síntomas.
Tan solo dime,
¿qué esperas conseguir
de la insaciable ruta de tu carne,
tu lucha siempre insatisfecha?

Tú que te miraste a los ojos
y distinguiste: aquí no hay triunfo
salvo embrión enfermo,
¿en qué esforzado paso
te estancaste?

Pero qué inútil, niña errática,
preguntar por la estulticia de tu hambre,
qué inútil en el fondo.
¿Cómo encerrar en una línea
lo que sigues viendo
y convencerte?




jueves, 15 de enero de 2015

Sumisión


Yo no permití a este día
mostrar su pálida mejilla sobre mi rostro,
no busqué el tacto frío de la tierra
como imán en mis talones.

Y sin embargo, sé,
donde nadie mira
también sigue habiendo mundo,
el carrete velado de nuestra memoria.

Yo no pedí incluirme
en el rumor absurdo de las calles,
pero sé, no es necesario
empujar al agua para que fluya.

Resisto, por ineptitud, cariátide,
nunca quise consentir al sol
abrir simétricos sus pétalos
sobre mis párpados.

Y sin embargo, sucedo.
Me mantengo esfinge, apenas
una ilusión sobre la piedra
y camino,

sin entender las horas,
sin abreviar la vida.
Tal vez existir solo sea
un disimulado acto de sumisión.




domingo, 11 de enero de 2015

Búsqueda



Alguien aprieta un poco más la brida.
Hay un anzuelo anudado hacia dentro.

Mira,
la brida deshilacha el esófago.

Hundo la caña hacia dentro,
sacudo y hundo el anzuelo, la caña,
el hombre con la cabeza hacia dentro.

Alguien cambiará este mar
por un cubo de agua sucia.

Si libertad es no oponerse
a la razón del plástico,
libertad es cubrir con brea
las ramas de mis bronquios.

Mira,
el cielo se hace borroso dentro del agua.

No quiero flotar como pez muerto,
no quiero pájaro volando
ante el perdigón de un hombre.

Solo busco el blanco, puro blanco,
y la ausencia de su óbice.

Y desde este lugar privilegiado
poder observarlo todo.




miércoles, 7 de enero de 2015

el último Ártico

"por un minuto de vida breve     
única de ojos abiertos                   
por un minuto de ver                   
en el cerebro flores pequeñas       
danzando como palabras en la     
boca de un mudo"                          
—Árbol de Diana, 5
Alejandra Pizarnik
Ver amanecer tres veces
desde el mismo tumor estático de mis pupilas.
Qué difícil mantener el cuerpo tibio
tendida sobre el Ártico.

No distinguir siquiera
la vigilancia circular del cuervo.

Qué respirar si el aire olvida,
si ya no hay ser, ente sintiente,
solo el húmedo envés de las vértebras,
la rigidez del músculo.

No alcanzo a ver al cuervo
que me devora las piernas.

Un pequeño diente es suficiente.
Una pestaña enterrada es suficiente.
Pero yo solo soy una mancha azul
tendida sobre el Ártico.

Al fondo de la luz apenas brilla
la insistencia de un graznido.



Unborn 8.0 Brown Pointer