“Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito”.

—La muerte en Venecia, Thomas Mann.

sábado, 26 de marzo de 2016

Tiempo

Vladimir Kush.                                          


Puedes coger la lluvia
y comprimirla en un folio,
hacerme ver en qué cantidad,
a qué velocidad su caída.

Y yo sabré al leerte
sobre qué baldosa o hierba muere,
cómo se deshace el cielo
o se mezcla el viento
en sus tonos de gris.

Puedes hablar tanto
y tan bien de la lluvia
que mi piel se torne húmeda,
fría, y sienta
el olor inconfundible de la tierra.

Y aun así, escucha:
La lluvia nunca será tuya,
nunca podrás crearla.
Seguirá existiendo únicamente
ahí fuera: 
muda, inalcanzable, libre.

domingo, 13 de marzo de 2016

Ciento noventa y seis nubes


Ciento noventa y seis nubes.
Las he visto.
Siempre al otro lado de la ventana.

Busco un hogar.

Yo no he venido aquí
a por la guardería de insectos
las plagas, las chinches
a poner en cultivo a cucarachas
con Diógenes dentro.

Y hay ciento noventa y seis nubes
con forma de techo o esquina.

No he venido aquí a por el megáfono
de palabras sangrantes
ni a ser el centro, la invención
de una guerra.
No vine para arrodillarme y sostener
un cántaro en la cabeza, avergonzada 
por la amplitud de mis muslos.
No vine aquí a labrar el polvo 
hasta envejecer las manos 
y perder las uñas.

 Siempre desde el otro lado.                                                               

Puede que buscase hablar,
puede que buscase algo más
que mi propio eco

y contar nubes

que el último reflujo de la piel 
esté perdiendo la memoria,

al tacto es abrazar un jersey 
que nadie ha usado todavía.

He guardado el olor y el sudor
grisblanquiazul de los charcos,
he dejado que se condensen.
                                                                         
Ciento noventa y seis nubes
sin descanso.
  
He tapiado bien las ventanas, 
                   [que no se fuguen 
mientras me marcho
para no volver.




Unborn 8.0 Brown Pointer