“Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito”.

—La muerte en Venecia, Thomas Mann.

martes, 31 de enero de 2017

El vuelo



“No les gustaba la lectura, sino presumir de que habían leído.”
“Es poeta porque ama la poesía, le gusta leerse a sí mismo.”
—Anónimo.
Lengua ciega disolvente del hambre por las páginas,
el tedio, lleno de polvo, desluce la estantería
¿para qué escribir poesía y máculas que no leerá nadie?
¿por qué dejar marcadas las palabras, inasibles,
sus esquinas dobladas como cicatrices de tiempo?
Para qué sino para dejar la puerta abierta
a la costumbre extrema del silencio,
una esquirla apartada de los ojos
como testimonio abrupto de lo invisible,
para qué, digo,
para qué sino para hacer su exclusión inevitable
como el vuelo de un insecto.

Pero ¿y si olvidé mi voz, mi aliento escrito?
Si lo dejé castrado en el tibio cuerpo de mi madre
y llevo solo este paisaje en letanía,
letras de ástato,
como ambiciosas variaciones de un verde
cada vez más verde
en los recuerdos de una hoja
pues ¿no funciona así
la exactitud voluble de la memoria?

pero no, qué digo,
¿por qué empeñarse en perseguir
lo no explorado por el dedo índice:
la poesía, el amor?
Para qué sino para ser el pájaro
que buscando el aire
descubrió en su fatiga el vuelo.






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