“Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito”.

—La muerte en Venecia, Thomas Mann.

jueves, 29 de junio de 2017

Los pájaros y la nieve




Te cuento los días y la danza
de los pájaros,
la pesada redondez de los relojes.
Digo, cuéntame de su danzar sin rumbo
los activos rasgos de su vuelo
y habla,
habla sin cesar del mundo
como siendo el mundo
el opaco y centro en tu retina
de la corteza y manto de su tierra.

Cualquier palabra: estratosfera,
cualquier palabra que me esconda
y no decirte, no decirte que...

aunque no me ves, estamos,
espalda contra espalda y tras nosotros
aún más aire y más escena y queda
oculta al ojo la materia
por la estrechez visible
de mirar de frente.

Pues no es ver, sino intuir
un reverso del presente en nuestra espalda
y presentir
la nieve blanca que no es blanca
sin llamarle blanco a sus matices,
saber aún que si cubriera,
por decir, un continente,
pareciera ser un fragmento
extraviado
por la insurrecta mano
de cualquier niño,

y es mi piel la capa espesa,
como un futuro que se desvanece
en su nieve blanca que no es blanca
sin dejar de lado sus matices:
Pues odio el amor y no te odio,
a pesar de la verdad de que te amo.

Y allá donde la palabra torna
como un cristal incomprensible
a la memoria
y es casi un acto violencia el habla
mientras cuento
la redonda levedad del mundo
y de los días,
las plumas de pájaro entre tus dedos:
yo soy el ave que se queda y ama
mientras la nieve
             sigue
   cayendo.

martes, 21 de marzo de 2017

El ciprés



Nací siendo mujer y siento
no tener memoria de ese llanto.
Ese momento inconsciente 
de abrir los ojos y no rendirme
al no ver nada, de temer que no haya 
más que ver tras el ópalo
del iris, las pupilas; ese momento
de ser ciega y ser pequeña y normal.
Saber que no viví pegada al muro,
que me fui acercando lentamente,
envuelta en voces que decían camina
erguido mantente erguida, hija,
destruye lo que fuiste al nacimiento.
Destruye hasta no sepas quién eres
y cuando no lo sepas cede
a lo que debes ser, mujer.
Nací siendo mujer, cualquier mujer
porque me habitaban todas.
Y no era mujer gastada y siento
no poder volver ni recordar ese momento
de no saber mi forma dada,
de saber que la forma que tuve en el curvo
cuerpo de mi madre, no era mi forma.
Cuando nací, sin conocer aún
los bordes áureos del otoño, el fluir
del agua en roca y tierra y no había
edificios, si los había, no conocía su palabra.
No era ahora, no había mujer deriva,
mujer que se aprende y se deforma,
se deformó en el mismo instante en que nacía.
Y ahora camina erguida, siempre erguida
y siempre cree que estuvo allí,
ya estuvo allí. Quiero decir
que he llegado a ese muro y no hay nada,
que soy mujer, que ahora soy mujer
y tú dirás que he aprendido.
Mas nunca le pidas amor a una muerta.

martes, 31 de enero de 2017

El vuelo



“No les gustaba la lectura, sino presumir de que habían leído.”
“Es poeta porque ama la poesía, le gusta leerse a sí mismo.”
—Anónimo.
Lengua ciega disolvente del hambre por las páginas,
el tedio, lleno de polvo, desluce la estantería
¿para qué escribir poesía y máculas que no leerá nadie?
¿por qué dejar marcadas las palabras, inasibles,
sus esquinas dobladas como cicatrices de tiempo?
Para qué sino para dejar la puerta abierta
a la costumbre extrema del silencio,
una esquirla apartada de los ojos
como testimonio abrupto de lo invisible,
para qué, digo,
para qué sino para hacer su exclusión inevitable
como el vuelo de un insecto.

Pero ¿y si olvidé mi voz, mi aliento escrito?
Si lo dejé castrado en el tibio cuerpo de mi madre
y llevo solo este paisaje en letanía,
letras de ástato,
como ambiciosas variaciones de un verde
cada vez más verde
en los recuerdos de una hoja
pues ¿no funciona así
la exactitud voluble de la memoria?

pero no, qué digo,
¿por qué empeñarse en perseguir
lo no explorado por el dedo índice:
la poesía, el amor?
Para qué sino para ser el pájaro
que buscando el aire
descubrió en su fatiga el vuelo.






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