“Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito”.

—La muerte en Venecia, Thomas Mann.

martes, 2 de diciembre de 2014

Mundo rendido


Poetas que bañasteis vuestra frente en letras 
grandes y redondas hasta que os nacieron 
unos ojos, a los que os ha cegado la inútil 
visión de la desesperanza, yo os digo:

El aire hincha la ropa tendida:
Pareciera que aún quedase alguien
con alguien dentro.

Vosotros,
que no salisteis al mundo
para recoger el fruto mudo de la tierra,
os habéis rendido.

Vosotros,
que no explorasteis el campo
para encontrar los charcos llenos de edificios,
os habéis rendido.

Los que amasteis en molinos y entre líneas,
que atasteis altavoces
a los picos de los pájaros,
que partisteis nueces preguntándoos
qué escondían.

Vosotros,
que os abristeis la cabeza
y sentasteis una manzana,
que adorasteis ciegamente
la honestidad de la manzana,
que cuando mordisteis la manzana,
no recordasteis su nombre.

Ahora os veo lánguidos como la ropa tendida
y pareciera que fueseis un muerto
con un muerto dentro.

Y yo quisiera despegar los pétalos
a todas las margaritas,
coser en el vértice de vuestras manos
el sol naciente de su centro.

Yo quisiera dibujaros jirafas en los dedos:
y que las estiraseis el cuello siempre,
y que saciarais su hambre siempre.

Y que no
os rindieseis,
nunca.

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