“Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito”.

—La muerte en Venecia, Thomas Mann.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Voces

Fotografía:  Nicole Minet (18 años). París, 19 de agosto de 1944.

Dirán que no fui fuerte,
que huí despavorida antes de levantar
la gran grieta allá en mi frente,

que me faltó sangre,
dirán.

Sugerirán que soy débil
porque elegí seguirme,
que abandoné a las algas
amontonándose en las olas,

dirán.

Y no comprenderán
que yo quiera agua
y quiera tierra,

que me guste sentir mis pies
enterrándose en la orilla

y dirán,

dirán que me rendí porque busqué el oxígeno.

Pero ahora, ahora comprendo
que hay más formas de alimentarse
que simplemente roer pan,
que se puede vivir sin la presbicia
de una secta.

Y me cuestionarán pues,
¿cómo se les ocurre a las alas
abandonar la colmena?

    ¡Dios mío, es inconcebible!

                       Y volverán a llamarme débil.

Pero ¿qué me importa
la palabra que no entiende?

La hierba que nunca ha sido pisada,
tampoco cree en el pie del hombre.

Y es cierto,
ya no me entretengo en limpiar de la boca
el carbón a los erizos,
ya no bombeo lagartijas
ni me venzo al as de vientos.

Pues si su ingenio es estático
y quieren contagiarme,
si con su hablar no pueden
liberar las palomas de los grillos,
entonces,
¿de qué me sirven?

Dirán, sí, dirán,
y derribaré sus palabras.

Aquí seré mi voz en este mundo:
el silencio donde sople y yo,
por fin, me habite.

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