En algún lugar
unos granos de arena
han dejado de caer,
han dejado de caer,
en algún lugar alguien
ha sido testigo
de cómo depositaban
ha sido testigo
de cómo depositaban
allí su ruido:
sordo, pequeño,
pero ruido,
han dejado de caer,
aunque no para nosotros,
no para quienes
hurgamos el suelo
como una semilla
que nunca brota
y por eso siempre
sigue cayendo
y aún así,
en algún lugar,
en ese inestable
y exacto día,
unos granos de arena
dejaron de caer.
Fue aquel día que vi
tus pestañas abiertas,
ventanas puras al primer azul
de la mañana,
el visillo transparentando el aire.
Fue el día que vi
aquel pájaro triste,
solitario,
huyendo y buscando altura
entre los cristales.
Aquel día no oímos el ruido sordo,
menudo,
no lo oímos venir,
no lo oímos venir,
pero vimos el azul abierto
disparando entre las pestañas,
el visillo ondeando
hasta deshacerse en el viento,
el pájaro boqueando
entre los cristales.
Granos de arena
habían dejado de caer
cuando nos alcanzó
la verdad terrible.
Por qué.
El por qué fue el día
en que nos llegó la parálisis,
el día en que te vi
rompiéndote en el vacío,
el por qué
fue cuando la vista, tu imagen,
empezó a agrietarse
alejada sobre fragmentos de espejo
que iba absorbiendo.
Por qué.
El por qué.
El por qué fue el desengaño
que nos desvanecía.
que nos desvanecía.
Toda tu piel era una pregunta
que me daba vueltas.
El ruido era tan pequeño
que pudimos oír
cómo nos enterraba.
El por qué fue el día
en que la lágrima
nos cerró los ojos
y pudimos verlo.
Quise dejarme caer
sobre tus hombros
para borrar
que ya no hubiera nada.
Nada que hacer.
Tu huella inocente.
Por qué,
por qué.
El por qué:
Que tú y yo éramos
iguales.
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