—Vicente Huidobro
I
Imagina que llega el eclipse
y no nos pilla mirando.
Todo ese espacio,
infinito y en expansión.
Tan frío.
Por si acaso,
sigo mirando al cielo
relatando deseos,
por si acaso
en esa misma dirección,
en ese preciso instante
quisiera el cielo
exhalar confeti.
Quizás,
en muchos años,
cuando su imagen alcance
los ojos de la Tierra,
alguien más estará
mirando y dirá
«Ahí va su deseo».
Imagina
que ya llega el eclipse,
que ya ha llegado,
y yo aún estoy
flotando entre el frío,
tanto espacio,
buscando mirarte
a los ojos.
II
Hay un agujero en mi jaula,
una narina que respira,
yo no sé cuándo ha crecido.
Pero el agujero se ha hecho
grande,
derrama sangre y palpita,
le atraviesan.
Me he asomado
al exterior
y he visto el falso sol
de las luciérnagas.
Demasiada luz incide
insistiendo en verme ciega,
en hacerme olvidar
el hueso pútrido de las cerezas,
pero aún recuerdo.
Sé que bajo el refugio
de aquellos árboles
de alas carnosas
la desolación me espera,
que ese pájaro es un bulbo
que desbroza en su vientre
un jardín de plagas.
Se ha hecho eco el agujero
en los cristales de mi jaula,
no recuerda el dolor
de sacarse el amor del pecho,
las nubes de azufre
que inundaron Venus,
el entierro del nido
en la montaña.
He vuelto a cocinar pienso,
nuevamente,
a frotarlo por las paredes.
Vuelvo a gritar
¡Llevadme presa!
¡Aquí está la chica surco,
la del erizo,
la que sortea la médula espinal
en la tormenta eléctrica!
La chica frágil, frágil,
la que no estaba
cuando se decidió quién era.
Se está tan bien sin tirar de la polea.
Llueve metano en Titán,
lentamente,
otro satélite en Saturno,
mi esfuerzo en mosaico
haciendo equilibrios
por el suelo.
Aquí hay un agujero,
en mi jaula.
Denme una aguja
y un hilo,
agua al núcleo
hasta que nazca el frío.
Cerrad la jaula,
cerrad la jaula.
Dejadme dentro.
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