“Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito”.

—La muerte en Venecia, Thomas Mann.

martes, 8 de diciembre de 2015

Abisal


Hay una voz oculta
en el ancho de las hojas
y tal vez sea miedo,
                             y es
como doblar un junco
en la explanada frágil
de la memoria.

Sin embargo, ahora,
con las manos dormidas
y la cabeza en el suelo,
        ahora, ¿qué?

¿Soltaré acaso mi mano
de la obsesión anfibia,
borraré de mis recodos
los grabados de esperanza?
Ahora,

ahora que consumo en otro
besos largos,
                        largos
como el caminar de un eco.
¿Qué haría si volviera?

¿Soplaría yo su aire
en el pulmón de otro,
sacaría el tacto húmedo
que se impregnó en mi pecho?

¿No querría siquiera
correr a rellenarlo?

Sí, me digo,
                               ya sé,
este rugido en el fondo
es el oscuro fondo de mi egoísmo,
la conciencia que golpea
con la violencia de un padre.

Y aún así,
toda la sed y el hambre
con que horadé en mí sus huellas,
toda la fluidez de brazos
con los que aún escarbo,
¿cómo dejar que se pierdan?

Escucho la voz dormida
afilarme entre las hojas
y encuentro su trampa oculta,
en cada rama de olvido
una nada me atraviesa
                    la frente.

Ahora entiendo la pregunta:

¿Cómo querer ser justa
y besar un lugar o un hombre
al que no pertenezco?





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