“Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito”.

—La muerte en Venecia, Thomas Mann.

jueves, 1 de febrero de 2018

El declive


Primero la caída
al golpear contra la espalda.
Yacer
sobre unos huesos
de unos otros, compost
de manos o ilusiones que aguardaron
una ayuda o un respiro,
alguna tierra.

No ver jamás esa gran bóveda
hacerse noche más arriba.

Y aún escurrir
entre unos huesos,
vieja arena en el desierto.

Ser
cada parte de nosotros
una vértebra, una tibia.

Ser
cada parte de nosotros
un espectro aún con carne.

Perdóname, madre.
Perdóname, hermana.
Perdonad
los que llevasteis luz
a la uña leve
de mi efigie.

Y sabed
que alguna vez he de llegar
al fondo,
el que me espera.

Ser solo radiografía.

Y allí encontrar
que ya no hay tierra,
ni siquiera entre la boca
               de los muertos.

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