“Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito”.

—La muerte en Venecia, Thomas Mann.

viernes, 28 de febrero de 2025

Reacción



Aquellas imágenes
que disfrutabas deformando
han empezado 
a perder el color 
de tanto uso.

Mi yo huyendo
sobre tu mano,
mi yo rizado,
se reproduce ahora
en blanco y negro
desde las llagas,
y son solo un holograma
perdiendo efecto.

El nunca serás más que esto
que nevaba entre la ventisca
de tus labios, el sutil insecto
disparado a quemarropa
desde el altavoz de tu mirada,

todo eso,
ya no significa nada.

No voy a mentir,
no voy a decir que no te odio
o que hay paz en mí,
porque tú siempre le diste
esa textura a mi alma
de óleo maloliente y arrugado.

Después de todo, 
fuiste tú quien siempre quiso 
empujarme
a las zonas más turbias y negras 
de mí misma ¿cierto?

A no distinguir el sol 
del rayo y la lluvia,
a perder el juicio
y los paraguas.

Pero no sonrías tanto ¿quieres?
Que fui yo quien apuñaló la luz
de la madrugada,
que fui yo quien tomó fuerza 
en la metamorfosis 
que impusiste 
hasta volverme más siniestra.

No fuerces tanto la comba 
de tus labios ¿puedes?
Que fui yo quien ahorcó el frío
y se hizo cálida en la borrasca,
aunque no la entienda.

Ni siquiera intenté nunca
robarte nada,
ni siquiera me ha interesado jamás
superarte en nada,
solo compartimos
haber nacido de un mismo árbol
con muchas caras.

¿Qué sucede contigo, 
entonces?
¿Qué te mostró 
esa ilusión de amenaza
con la que me alumbraste?
¿Por qué me estás haciendo
todo esto?

He intentado decirlo 
de una manera calmada,
pero voy a parar ahora
que he confesado 
para que puedas soltarme,

porque fui yo quien asesinó la luz,
fui yo quien le pasó el puñal 
por las esquinas
hasta desmigar el grito,
y solo entonces lo he entendido.

Que ya no necesito el perdón,
que ya no necesito
aceptar desproporcionadamente 
un castigo.

¿Acaso sabes qué se ve
cuando se apuñala la luz,
acaso sabes cómo se acoge
la piel rasgada al frío?

He tratado de decírtelo,
que esta enfermedad no es mía,
que he brotado de la horca
desde donde la creaste
y ya no hay forma
de creerla.

¿Crees que todo esto
ha aparecido 
desde detrás de la grieta,
que ha aparecido solo
por disparar 
hacia el vendaje?

Puede 
que aún la metralla 
me esté afectando 
la utilidad de las córneas,
puede
que aún no tolere 
mi propia saliva,

pero creo
que cada cadena que fijaste
para aislarme de la vida,
cada grillete,
me permite estar ahora en pie 
por mí misma,
incluso si ya no estoy sola.

Y pienso
que fuiste tú quien siempre 
me hizo ver tan sola,
aunque nunca lo estuve.

¿Piensas que alguna vez
lo estuve?

No voy a decir que no te odio,
no voy a intentar mentirte
como si quisiera fingir 
ser buena persona,
porque no sé si querría serlo.

Pero estoy matando
cada parte de mí
que fue tocada por tus manos,
estoy cortando la cabeza 
de todas las heridas
que dejaste en las galeras
de la infancia,

y ya no sé
qué es lo que realmente
crees que soy,
pero tampoco soy tan mala.

¿Es frustrante para ti
no haber logrado lanzarme
al acantilado de la psicopatía?
Noté el filo de tus brazos 
clavarse mientras lo intentabas.

Ya te dije:
que no sonrieras tanto,
yo tampoco 
me estoy sintiendo bien,

porque jamás intenté demostrarte
ser mejor que esto,
porque jamás me ha interesado
hacerte daño,
solo quiero alejarme.

Y aunque estas cadenas
nunca podrán romperse,
aunque permanecerán ancladas
siempre al mismo árbol,
me siento libre.

Porque fui yo 
quien apuñaló la luz
y desde entonces
no me afectas.













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