que notaste el cielo azul sobre tus ojos,
el azul del mar que te fundió el alma,
azul con el cuerpo en equis y los oídos silbantes,
azul sobre tus ojos y sobre ellos
el azul de las gaviotas centinelas
y alargadas.
Tienes que recordar
volverte amarilla sobre la arena,
y el amarillo casi naranja casi rojo atardecer
sobre la sal que te enraizó las manos.
Hemos estado sentadas
en una de aquellas mesas
que germinan en la universidad,
y el césped se nos ha ido mezclando,
escalando
entre nuestros pies de no universitarias
sin apenas darse cuenta,
como habiendo sido tú o yo
alguna astilla que habitara
la última esquina de una mesa
o la mesa misma.
Y fue mientras enterraba a conciencia
mis pies colgantes y holgazanes,
que me miraste a los ojos
y hablaste.
—¿Te arrepientes?
dijiste
Y yo me habría pasado los dedos
por la prominencia de las costuras.
—Me arrepiento
te dije
Y en aquel momento
no me sentí feliz
de haber llegado a ser quien era.
—Sinceramente
te dije
—preferiría haber sufrido menos
y ser ahora peor persona.
—Yo no me arrepiento
aseguraste
Y sonaste tan valiente que te miró el viento.
—Yo no me arrepiento.
Y tus palabras se hicieron remolinos
que me bailaron por dentro.
Pero yo, María,
a veces sí lo lamento,
y recuerdo las primeras veces
que me han nacido después de la tortura,
y me paso los dedos por los zurcidos azules
que me abultan el cuerpo.
—Yo no me arrepiento
dijiste
Y yo supe que eras sincera
porque se te veía en la lengua,
porque se veía que te salían las palabras talladas
como los dorados y azules
de un idioma antiguo.
Sufrir o no, quizás,
no es más que un anexo de la casualidad,
pensé entonces.
Sufrir o no
no era el culpable de nuestro ser como personas.
Pero tú no te arrepentías, amiga.
Tú no te arrepentiste
cuando pensamos en el sufrimiento,
cuando lo vimos como pequeños dioses creadores
que nos pintan la cara y nos esconden las llaves.
—Yo no me arrepiento
aseguraste
Y, María,
aquel día azul contigo,
en aquel azul ascético de tus palabras,
viví la primera vez de darme cuenta
sin haber sufrido.
***
«Estos días azules y este sol de la infancia» fueron los últimos versos de Machado, fueron hallados en un papel dentro de su chaqueta el día de su muerte el 22 de febrero de 1939 en Colliure, Francia.