“Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito”.

—La muerte en Venecia, Thomas Mann.

miércoles, 7 de enero de 2026

Cuando quiebre el blanco



Todo iba bien, entonces nací.
Pasé días infinitos 
atrapada en ojos blancos
de cielos inundados de nieve,
crujiendo mandíbula al masticar 
cuerpos muertos
y alas paralizadas de escarcha
que nunca supieron 
para qué sirven.

Me dijeron:
La felicidad es como las estrellas.
Y es cierto:
ambos son conceptos inalcanzables.

Todo iba bien
y entonces me puse a mascar silencio.
El silencio sabe a no saber
cuántas horas le quedan
por lanzar a las esferas.
Silbo entre el frío y la rueda
y en idea estoy quieta,
pero en cuerpo sigo braceando 
ahogada en burbujas que exudan
ansiedad en automático.

Dijeron:
La armonía siempre se fuga
de los huesos del agua.
Y es cierto:
La paz bucea a veces
tan tangible como el oxígeno.
Pero en el dolor no hay oxígeno
y el dolor
es lo único que tengo.

Todo iba bien
y apareció la atmósfera,
y la atmósfera 
empezó a cuajar sobre los cuerpos blancos 
y a echar raíces hasta secar 
la flor vertiente de los almendros.

Y dijeron:
Al que cae se le difuminan los pasos 
entre las líneas de los dedos.
Y es cierto.
Por eso el final del camino 
se avanza siempre en solitario.

Y todo iba bien,
y entonces yo,
habitante del ser que se hunde 
y algún día 
será fulminado por el rayo.

He pasado días infinitos 
serpenteando en los ojos blancos,
mascando alas de alfalfa 
como una superstición 
que tropieza enferma de sueños.
Ni siquiera me dejan desear
el cese del canto de las esferas.

Y tal vez algún día 
haya ideas flotando en el agua.
Tal vez algún día se oxiden 
los brazos mecánicos que me salpican.
Tal vez se escuche algo de silencio 
desdibujando el final del camino.

Pero aún está helando 
sobre las líneas de las manos
y ya ni siquiera soy capaz 
de escuchar lo que siento.

Todo iba bien
cuando el almendro cuajó en flores
sobre la ausencia de los cuerpos.

Todo iba bien
cuando ya no quedó nada
con forma de ala o concepto 
para tragar en la cima del silencio.

Los pétalos se derrumban.
Es cierto:
Yo nací, todo va bien.

Estoy sentada en el aún, 
entre el entonces 
y sobre el ahora de algún día,
dibujando un punto
con el trinar de las esferas,
sin llegar nunca a saber
de qué me sirvió esperar la paz 
si solo me habita un camino 
que fuga desde la cola de los rayos.











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