“Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito”.

—La muerte en Venecia, Thomas Mann.

domingo, 6 de junio de 2021

La mirada breve

«En casi todos se enciende el odio,
en casi nadie la compasión».
Miguel de Unamuno.

¿Cómo salir 
de la mirada breve
y reconciliarme
si solo encuentro 
la solución pequeña
a la amplitud humana
en el existir de a uno, 
en observar de cerca?

¿Cómo expandir la mirada 
y hacerla larga
para engendrar ahí 
el existir liviano, la pureza
o la evolución sana?

Si al pensar en el conjunto
me abrasa 
la convicción extensa 
de no poder perpetuar,

si hubiera preferido
haber nacido de una vaca
o dar a luz a un dromedario, 
a una azucena;
parir a ambos para llamarlos
limón o espárrago y enseñarles 
la ortografía del silencio,
los bailes infantiles
en los que gritar «no somos».

Porque me duele el mundo 
en sus humanos debería 
plegar mi longitud de onda,
hacer la vista mínima
para quedarme:

Si estoy envuelta en una sala
observar solo 
la esquina inferior izquierda
de una silla,
ni siquiera la silla entera,
y no quedar desparejada
en el centro o quedarme
en las minúsculas hebras 
flotantes
que recuerdan
lo que alguna vez creímos
que podía existir
sin detrimento.

He de hacer, quizás,
mi ojo diminuto,
que no quepa el egoísmo
ni la inmediatez mansa
de esta sociedad
sin importar qué mal, 
qué huella abrasiva
de quienes solo buscan
el ser mejor en el ser
cada vez más orificio, 
peor.

¿Cómo pueden diluirse
de una manera tan completa
los seres buenos
en esta agrupación tan nociva
que progresa firmemente
al colectivo cataclismo?

¿Podría ser cada ser
una dicotomía
encerrada en un cuerpo
de todos y cada uno
de los cuerpos?

Porque necesito 
que la miscelánea humana
alcance a ocupar tan solo 
la parcela de una mano 
para apaciguarme,
para mirar sin dolor
cuando se agranda lo observado,

porque no puedo reconciliarme
con lo descomunal, ni le cabe 
mi visión de cíclope
a esta traza titánica
que ahora tizno en pergamino.

¿Puedo creer lo que pienso
observando solo una brizna,
sentirme creíble
al infusionarla con el resto?

¿Será más verdad
lo que nos reconforta,
o no será más
que inocente atontamiento
para la continuidad diaria?

¿Será más real el olor
de la espina descompuesta 
de pescado
no en la ola, sino el mar?

¿O será más cierto el pensar
que lo que no se abarca
no se podrá dilucidar
ni ser honesto?

¿Dónde, en qué medio
hay un lugar para resultar
más acertado?

¿Dónde no tener que elegir
entre el uno y el todo,
sino el esto?

¿Dónde unir la mirada larga
en la más breve?

La ignorancia, la no memoria,
¿no podrían alguna vez
ser lo mismo?

Ni tan ínfima,
ni tan galáctica es la vista,
pero al observar
la exorbitante pieza 
que nos aloja,
no puedo encontrar 
la tranquilidad medial,
ni el remedio axiomático
de la ceguera.

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