“Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito”.

—La muerte en Venecia, Thomas Mann.

viernes, 8 de enero de 2021

Este mundo no vale ni para usarlo de arenero. Peeeeeero


Cada mañana 
la misma sensación
de que el mundo espera 
al borde de una mesa
la llegada del gato.

Este mundo con forma de ratón.
De ganchillo y rabo largo.

Cada mañana
miro a Nana y le pido
que maneje su lenguaje,
el que solo ellos entienden.

Nana,
dile que lo comprendo,
que a mí también me dan ganas
de tirar el mundo
y destruirlo entre los dientes.
De bufar a las personas.

Pero Nana,
en el mundo también hay
cascadas y estrellas de nieve,
y hay auroras boreales, 
y hay raíces
que tejen vistosas moquetas
sobre la tierra.

Y Nana,
en este mundo estás tú.

Así que, por favor,
dile que compartiréis
comida húmeda y golosinas,
que le dejarás alguno
de tus trescientos juguetes,
que escalareis juntos
el Everest del rascador.

Dile que juntos aguantaremos
la impaciencia de tirarlo todo 
por el borde,
de que caiga y estalle 
en mil pedazos,
de que acabe
tras uno de esos muebles
que no se pueden mover,
y sea imposible recuperarlo.

Porque Nana,
yo también quiero 
apretar mis almohadillas
y sacar las uñas a sus personas.
Poder usarlas de arenero.

Pero Nana, aquí están 
tus orejas puntiagudas
y las islas de tu pelo.
Y yo aquí te necesito,
a pesar de no saber
cuánto tiene esto de amor
o simula el egoísmo.

Y es que, Nana,
hasta este mundo me vale
si te haces rosca en mi barriga,
bolita de nube entre mis brazos.
Si tu naricilla de fresa
deja rocío en mis mejillas.

Así que, Nana,
dile que aguarde un poco
la tentación del filo,
que se entretenga 
sacando hebras.

Porque cada mañana, Nana,
a pesar de este mundo
que de tan monstruo: aspiradora,
tan inútil de pipetas,
lo único que pido es quedarme
y tener
un día más contigo.



Fotografía: Nana sacándose un selfie 
(autofoto para los puretas).

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