“Las observaciones y vivencias del solitario taciturno son al mismo tiempo más confusas y más intensas que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y nunca exentos de cierto halo de tristeza. Ciertas imágenes e impresiones de las que sería fácil desprenderse con una mirada, una sonrisa o un intercambio de opiniones le preocupan más de lo debido, adquieren profundidad e importancia en su silencio y devienen vivencia, aventura, sentimiento. La soledad engendra lo original, lo audaz e inquietantemente bello: el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito”.

—La muerte en Venecia, Thomas Mann.

domingo, 15 de diciembre de 2013

La gente extraordinaria es simple



    Siento una envidia nerviosa por esas personas que miran al cielo y solo ven eso: una extensa gama de azules que se repiten en ciertos días.
    Quiero una sonrisa pandémica cuando al fin cesen las promesas del algo más, el ripio de los especiales, los que necesitan ser recordados una y otra vez que son únicos y los que solo queremos ser corrientes alternas.
    Pienso en la alegría cada vez que conozco a alguien que no pretende guiños secretos.
                                       La gente extraordinaria es simple.
    Siento, de verdad, exagerados celos por aquellos que pueden preguntarse por primera vez todo lo que ya se han preguntado otros, y sonríen.
Y siento la misma dilección por los que salen de la ducha dudando entre ponerse la camiseta verde aspérula o la abedul, que por los que dicen: qué cojones, las dos son verdes.
    El D.R.A.E. define paroxismo como "exacerbación de una enfermedad", pero también como "exaltación extrema de los afectos o las pasiones", y creo que ahí radica el problema de mi apatía, porque estoy cansada de mirar y solo ver un hombre.
El hombre contagiosamente ordinario que me provoca cada vez que habla.



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